Juan Diego Cuauhtlatoatzin. La Santidad de un indio humilde

 

Canónigo Dr. Eduardo Chávez Sánchez

Introducción

Juan Diego Cuauhtlatoatzin [1] fue el vidente en las Apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe, que tuvieron lugar del 9 al 12 de diciembre de 1531. A este importante evento se le conoce como el Acontecimiento Guadalupano.

Juan Diego, indígena de mentalidad tolteca, nació en torno al año 1474, en Cuauhtitlán, en el barrio de Tlayácac, región que pertenecía al reino de Texcoco; fue bautizado por los primeros franciscanos, en torno al año de 1524. [2] En el tiempo de las Apariciones, Juan Diego era un hombre maduro, como de unos 57 años de edad, y tenía apenas dos años de viudo ya que su mujer María Lucía había muerto en 1529.

Juan Diego era profundamente piadoso, acudía todos los sábados y domingos a Tlatelolco, un barrio al norte de la Ciudad de México, donde aún no había convento, pero sí una llamada “doctrina”, donde se celebraba la Santa Misa y se conocían las cosas de Dios que les enseñaban los sacerdotes; para esto, tenía que salir muy temprano del pueblo de Tulpetlac, que era donde en ese momento vivía, y caminar hacía el sur hasta bordear el cerro del Tepeyac.

El sábado 9 de diciembre de 1531 sería un día muy especial, pues al pasar a lo largo de la colina del Tepeyac, escuchó que provenía de ella un maravilloso canto y una dulce voz lo llamaba desde lo alto de la cumbre: “Juanito, Juan Dieguito. Llegando a la cima, encontró a una hermosa Doncella que estaba ahí de pie, envuelta en un vestido reverberante como el sol. Hablando en perfecto náhuatl, se presentó como la Madre del único Dios y cuya voluntad era el que se levantara un templo, una “casita sagrada” en aquel lugar para dar su Amor-Persona, es decir su Hijo Jesús, en donde Ella escuchara todo llanto y sufrimiento a todos sus hijos; por lo que le pide que sea su mensajero para llevar su voluntad al obispo, quien tenía que aprobar dicho templo.

La Virgen de Guadalupe se somete a la autoridad y aprobación del obispo, Ella es Madre de la Iglesia, Ella hace Iglesia, Ella es el Modelo de la Iglesia. Hay que recordar que en la mentalidad indígena “construir un templo”, en realidad significa el construir una “civilización”, ya que si se quería iniciar un nuevo pueblo, una nueva ciudad, lo primero que se tenía que construir era el templo. Así que lo que Ella pide es una nueva civilización del Amor de Dios.

Juan Diego se dirigió al recién electo obispo, fray Juan de Zumárraga, y después de una larga y paciente espera, pues los criados no lo dejaron entrar de inmediato, al fin el humilde indígena mensajero pudo comunicar al jefe y cabeza de la Iglesia todo lo que había admirado, contemplado y escuchado, y le informó puntualmente el mensaje de la Señora del Cielo, la Madre de Dios, sobre la construcción de un templo para, desde ahí, dar todo su Amor-Persona. El Obispo escuchó incrédulo cada una de las palabras que le manifestaba el indígena, y reflexionando sobre este extraño mensaje, le dijo con respeto y ternura que en otra ocasión lo escucharía con más calma.

Juan Diego regresó triste al cerrillo ante la Señora del Cielo, y le expuso cómo había sido su encuentro con el jefe de la Iglesia en México. Juan Diego entendió que el obispo pensaba que le mentía o que fantaseaba, y con toda humildad le dijo a la Señora del Cielo que mejor enviara a algún noble o alguna persona importante ya que él era un hombre de campo, un simple cargador, una persona común, sin importancia, y con toda sencillez le dijo: "«Virgencita mía, Hija mía menor, Señora, Niña; por favor dispénsame: afligiré con pena tu rostro, tu corazón; iré a caer en tu enojo, en tu disgusto, Señora Dueña mía».” [3]

La Reina del Cielo escuchó con ternura y bondad, y con firmeza le respondió al humilde indígena: “«Escucha, el más pequeño de mis hijos, ten por cierto que no son escasos mis servidores, mis mensajeros, a quien encargue que lleven mi aliento, mi palabra, para que efectúen mi voluntad; pero es necesario que tú, personalmente, vayas, ruegues, que por tu intercesión se realice, se lleve a efecto mi querer, mi voluntad. Y mucho te ruego, hijo mío el menor, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al Obispo. Y de mi parte hazle saber, hazle oír mi querer, mi voluntad, para que realice, haga mi templo, casita sagrada, que le pido. Y bien, de nuevo dile de qué modo yo, personalmente, la siempre Virgen Santa María, yo, que soy la Madre de Dios, te mando».” [4]

Así que al día siguiente regresó ante el obispo para nuevamente darle el mensaje de la Virgen, y el Obispo le pide una señal que confirme su mensaje. Inmediatamente Juan Diego regresó a la cumbre del Tepeyac en donde nuevamente encontró a la Virgen de Guadalupe y le transmitió que el Obispo pedía una señal, la Virgen le aseguró que al siguiente día se la entregaría sin falta. Juan Diego al regresar abatido a su casa en Tulpetlac, se encontró con que su tío anciano, Juan Bernardino, se encontraba gravemente enfermo, al siguiente día, Juan Diego buscó algún médico, pero nada se podía hacer; así que, ante la eminente muerte, el tío le pidió a su sobrino que fuera a la Ciudad de México para que buscara un sacerdote para que lo preparara a bien morir, así que el martes 12 de diciembre, muy de mañana Juan Diego corrió hacia el convento de los franciscanos en Tlatelolco, pero al acercarse al lugar donde se había encontrado con la hermosa Doncella, reflexionó con candidez, que era mejor desviar sus pasos por otro camino, rodeando el cerro del Tepeyac por la parte Oriente y, de esta manera, no entretenerse con Ella y poder llegar lo más pronto posible al convento de Tlatelolco, pensando que más tarde podría regresar ante la Señora del Cielo para cumplir con llevar la señal al Obispo.

Pero María Santísima salió al encuentro de Juan Diego y le dijo: “«¿Qué pasa, el más pequeño de mis hijos? ¿A dónde vas, a dónde te diriges?»”. [5] El indio quedó sorprendido, confuso, temeroso y avergonzado, y le comunicó con turbación la pena que llevaba en el corazón: su tío estaba a punto de morir y tenía que ir por un sacerdote para que lo preparara a bien morir. María Santísima escuchó la disculpa del indio con apacible semblante; comprendía, perfectamente, el momento de gran angustia, tristeza y preocupación que vivía Juan Diego; y fue precisamente en este momento en donde la Madre de Dios le dirigió unas de las más bellas palabras, las cuales penetraron hasta lo más profundo de su ser: “«Escucha, ponlo en tu corazón, Hijo mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió; que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante aflictiva. ¿No estoy aquí yo, que tengo el honor y la dicha de ser tu Madre? ¿No estás bajo mi protección y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?»” [6] Y la Señora del Cielo le aseguró que su tío ya está bien: “«Ten por cierto que ya está bueno».” [7]

Y efectivamente, en ese preciso momento, María Santísima se encontró con el tío Juan Bernardino dándole no sólo la salud, sino entregando su nombre completo: “Santa María de Guadalupe”. De esto se enteraría más tarde Juan Diego. Él tuvo fe total en lo que le aseguraba María Santísima, la Reina del Cielo, así que consolado y decidido le suplicó inmediatamente que le diera la señal y llevársela al obispo, y así él creyera en su mensaje.

La Virgen Santísima le mandó que subiera a la cumbre del cerrillo, en donde antes se habían encontrado; y le dijo: “«Allí verás que hay variadas flores: córtalas, reúnelas, ponlas todas juntas: luego baja aquí; tráelas aquí, a mi presencia».” [8] Juan Diego inmediatamente subió al cerrillo, no obstante que sabía que en aquel lugar no habían flores, ya que era un lugar árido y lleno de peñascos, y sólo había abrojos, nopales, mezquites y espinos; además, estaba haciendo tanto frío que helaba; pero cuando llegó a la cumbre, quedó admirado ante lo que tenía delante de él, un precioso vergel de hermosas flores variadas, frescas, llenas de rocío y difundiendo un olor suavísimo; y comenzó a cortar cuantas flores pudo abarcar en el regazo de su tilma. Inmediatamente bajó el cerro llevando su hermosa carga ante la Señora del Cielo.

María Santísima tomó en sus manos las flores colocándolas nuevamente en el hueco de la tilma de Juan Diego y le dijo: “«Mi hijito menor,beso estas diversas flores son la prueba, la señal que llevarás al Obispo; de mi parte le dirás que vea en ellas mi deseo, y que por ello realice mi querer, mi voluntad; y tú ..., tú que eres mi mensajero... en ti absolutamente se deposita la confianza.” [9] Con este gesto, la Virgen de Guadalupe coloca la verdad de Dios dentro de la persona humana, es una verdadera inculturación del Evangelio. Juan Diego se fue directo a la casa del Obispo, y después de un largo tiempo de espera pudo estar delante del Obispo, y en cuanto lo oyó, comprendió que Juan Diego portaba la señal prometida para poner en obra lo que solicitaba la Virgen por medio del humilde indio. Y en ese momento, Juan Diego entregó la señal de María Santísima extendiendo su blanca tilma, cayendo al suelo las preciosas flores, y en ese preciso momento, la Imagen de nuestra Señora de Guadalupe se estampó en la tilma de San Juan Diego. El Obispo Zumárraga, junto con su familia y la servidumbre que estaba en su entorno, sintieron una gran emoción, no podían creer lo que sus ojos contemplaban, una hermosísima Imagen de la Virgen, la Madre de Dios, la Señora del Cielo. La veneraron como cosa celestial. El Obispo “con llanto, con tristeza, le rogó, le pidió perdón por no haber realizado su voluntad, su venerable aliento, su venerable palabra.” [10]

El Obispo le pidió al humilde indígena laico que le mostrara el lugar en donde quería la Virgen de Guadalupe se construyera la casita sagrada, el Templo. Juan Diego le mostró el lugar y, posteriormente, escoltado honrosamente, Juan Diego pudo encontrarse con su tío anciano, quien ya estaba sano completamente. El Obispo comprobará esto a su debido tiempo. Juan Bernardino declaró que en ese preciso momento a él también se le había aparecido la Virgen, exactamente en la misma forma como la describía su sobrino, y que la hermosa Doncella le había dicho su nombre: "LA PERFECTA VIRGEN SANTA MARÍA DE GUADALUPE.” [11]

Juan Diego, un indio virtuoso, un buen cristiano, un varón santo 
 

Juan Diego fue un hombre virtuoso, las semillas de estas virtudes habían sido inculcadas, cuidadas y protegidas por su ancestral cultura y educación, pero recibieron plenitud cuando Juan Diego tuvo el gran privilegio de encontrarse con la Madre de Dios, María Santísima de Guadalupe, siendo encomendado a portar a la cabeza de la Iglesia y al mundo entero el mensaje de unidad, de paz y de amor para todos los hombres; fue precisamente este encuentro y esta maravillosa misión lo que dio plenitud a cada una de las hermosas virtudes que estaban en el corazón de este humilde hombre y fueron convertidas en modelo de virtudes cristianas; Juan Diego fue un hombre humilde y sencillo, obediente y paciente, cimentado en la fe, de firme esperanza y de gran caridad.

Poco después de haber vivido el importante momento de las Apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe, Juan Diego se entregó plenamente al servicio de Dios y de su Madre, transmitía lo que había visto y oído, y oraba con gran devoción; aunque le apenaba mucho que su casa y pueblo quedaran distantes de la ermita. Él quería estar cerca del Santuario para atenderlo todos los días, especialmente barriéndolo, que para los indígenas era un verdadero honor; como recordaba fray Gerónimo de Mendieta: “A los templos y a todas las cosas consagradas a Dios tienen mucha reverencia, y se precian los viejos, por muy principales que sean, de barrer las iglesias, guardando la costumbre de sus pasados en tiempos de su gentilidad, que en barrer los templos mostraban su devoción (aun los mismos señores).” [12]

Juan Diego se acercó a suplicarle al señor Obispo que lo dejara estar en cualquier parte que fuera, junto a las paredes de la Ermita para poder así servir todo el tiempo posible a la Señora del Cielo. El Obispo, que estimaba mucho a Juan Diego, accedió a su petición y permitió que se le construyera una casita junto a la Ermita. Viendo su tío Juan Bernardino que su sobrino servía muy bien a Nuestro Señor y a su preciosa Madre, quería seguirle, para estar juntos; “pero Juan Diego no accedió. Le dijo que convenía que se estuviera en su casa, para conservar las casas y tierras que sus padres y abuelos les dejaron”. [13]

cuadro Juan Diego manifestó la gran nobleza de corazón y su ferviente caridad cuando su tío estuvo gravemente enfermo; asimismo Juan Diego manifestó su fe al estar con el corazón alegre, ante las palabras que le dirigió Santa María de Guadalupe, quien le aseguró que su tío estaba completamente sano; fue un indígena de una fuerza religiosa que envolvía toda su vida; que dejó sus casas y tierras para ir a vivir a una pobre choza, a un lado de la Ermita; a dedicarse completamente al servicio del templo de su amada Niña del Cielo, la Virgen Santa María de Guadalupe, quien había pedido ese templo para en él ofrecer su consuelo y su amor maternal a todos lo hombres y mujeres. Juan Diego tenía “sus ratos de oración en aquel modo que sabe Dios dar a entender a los que le aman y conforme a la capacidad de cada uno, ejercitándose en obras de virtud y mortificación.” [14] También se nos refiriere en el Nican motecpana: “A diario se ocupaba en cosas espirituales y barría el templo. Se postraba delante de la Señora del Cielo y la invocaba con fervor; frecuentemente se confesaba, comulgaba, ayunaba, hacía penitencia, se disciplinaba, se ceñía cilicio de malla y escondía en la sombra para poder entregarse a solas a la oración y estar invocando a la Señora del cielo.” [15]

Toda persona que se acercaba a Juan Diego tuvo la oportunidad de conocer de viva voz los pormenores del Acontecimiento Guadalupano, la manera en que había ocurrido este encuentro maravilloso y el privilegio de haber sido el mensajero de la Virgen de Guadalupe; como lo indicó el indio Martín de San Luis cuando rindió su testimonio en 1666: “Todo lo cual lo contó el dicho Diego de Torres Bullón a este testigo con mucha distinción y claridad, que se lo había dicho y contado el mismo Indio Juan Diego, porque lo comunicaba.” [16] Juan Diego se constituyó en un verdadero misionero.Es un hecho que Juan Diego siempre edificó a los demás con su testimonio y su palabra; constantemente se acercaban a él para que intercediera por las necesidades, peticiones y súplicas de su pueblo; ya “que cuanto pedía y rogaba la Señora del cielo, todo se le concedía”.  [17]

El indio Gabriel Xuárez, quien tenía entre 112 y 115 años cuando dio su testimonio en las Informaciones Jurídicas de 1666; declaró cómo Juan Diego era un verdadero intercesor de su pueblo, decía: “que la dicha Santa Imagen le dijo al dicho Juan Diego la parte y lugar, donde se le había de hacer la dicha Ermita que fue donde se le apareció, que la ha visto hecha y la vio empezar este testigo, como lleva dicho donde son muchos los hombres y mujeres que van a verla y visitarla como este testigo ha ido una y muchas veces a pedirle remedio, y del dicho indio Juan para que como su pueblo, interceda por él.” [18] El anciano indio Gabriel Xuárez también señaló detalles importantes sobre la personalidad de Juan Diego y la gran confianza que le tenía el pueblo para que intercediera en sus necesidades: “el dicho Juan Diego, –decía Gabriel Xuárez– respecto de ser natural de él y del barrio de Tlayacac, era un Indio buen cristiano, temeroso de Dios, y de su conciencia, y que siempre le vieron vivir quieta y honestamente, sin dar nota, ni escándalo de su persona, que siempre le veían ocupado en ministerios del servicio de Dios Nuestro Señor, acudiendo muy puntualmente a la doctrina y divinos oficios, ejercitándose en ello muy ordinariamente porque a todos los Indios de aquel tiempo oía este testigo, decirles era varón santo, y que le llamaban el peregrino, porque siempre lo veían andar solo y solo se iba a la doctrina de la iglesia de Tlatelulco, y después que se le apareció al dicho Juan Diego la Virgen de Guadalupe, y dejó su pueblo, casas y tierras, dejándolas a su tío suyo, porque ya su mujer era muerta; se fue a vivir a una casa Juan Diego que se le hizo pegada a la dicha Ermita, y allá iban muy de ordinario los naturales de este dicho pueblo a verlo a dicho paraje y a pedirle intercediese con la Virgen Santísima les diese buenos temporales en sus milpas, porque en dicho tiempo todos lo tenían por Varón Santo.” [19]

La india doña Juana de la Concepción que también dio su testimonio en estas Informaciones, confirmó que Juan Diego, efectivamente, era un hombre santo, pues había visto a la Virgen: “todos los Indios e Indias –declaraba– de este dicho pueblo le iban a ver a la dicha Ermita, teniéndole siempre por un santo varón, y esta testigo no sólo lo oía decir a los dichos sus padres, sino a otras muchas personas”. [20]Mientras que el indio Pablo Xuárez recordaba lo que había escuchado sobre el humilde indio mensajero de Nuestra Señora de Guadalupe, decía que para el pueblo, Juan Diego era tan virtuoso y santo que era un verdadero modelo a seguir, declaraba el testigo que Juan Diego era “amigo de que todos viviesen bien, porque como lleva referido decía la dicha su abuela que era un varón santo, y que pluguiese a Dios, que sus hijos y nietos fuesen como él, pues fue tan venturoso que hablaba con la Virgen, por cuya causa le tuvo siempre esta opinión y todos los de este pueblo.” [21] El indio don Martín de San Luis incluso declaró que la gente del pueblo: “le veía hacer al dicho Juan Diego grandes penitencias y que en aquel tiempo le decían varón santísimo.” [22]

Juan Diego murió en 1548, un poco después de su tío Juan Bernardino, el cual falleció el 15 de mayo de 1544; ambos fueron enterrados en el Santuario que tanto amaron. En el Nican motecpana se exaltó su santidad ejemplar: “¡Ojalá que así nosotros le sirvamos y que nos apartemos de todas las cosas perturbadoras de este mundo, para que también podamos alcanzar los eternos gozos del cielo!” [23] Pasaron los siglos y la devoción a Juan Diego se mantuvo constante y sin interrupción, D. Cayetano de Cabrera y Quintero, en su libro Escudo de Armas, publicado en 1746, expresaba la continuidad de esta gran devoción a Juan Diego, y el anhelo de que fuera venerado en los altares: “Aún los mismos indios que frecuentaban el Santuario –decía Cabrera– se valían de las oraciones de su compatriota viviendo y, ya muerto y sepultado allí, lo ponían como intercesor ante María Santísima, para lograr sus peticiones. Esperamos en Dios que un día lo veamos en el honor de los altares.” [24]

 

La Santidad de Juan Diego era reconocida 
 

El beato Juan Pablo II, reconoció en Juan Diego una gran vida de santidad y el culto tributado, de tiempo inmemorial. El Santo Padre afirmó: “Juan Diego es un ejemplo para todos los fieles: pues nos enseña que todos los seguidores de Cristo, de cualquier condición y estado, son llamados por el Señor a la perfección de la santidad por la que el Padre es perfecto, cada quien en su camino. Conc. Vat. II, Const. Dogm. Lumen Gentium, No 11. Juan Diego, obedeciendo cuidadosamente los impulsos de la gracia, siguió fiel a su vocación y se entregó totalmente a cumplir la Voluntad de Dios, según aquel modo en el que se sentía llamado por el Señor. Haciendo esto, fue sobresaliente en el tierno amor para con la Santísima Virgen María, a la que tuvo constantemente presente y veneró como Madre y se entregó al cuidado de su casa con ánimo humilde y filial.” [25]

El Papa Juan Pablo II reafirmó la fuerza y la ternura del mensaje de Dios por medio de la Estrella de la Evangelización, María de Guadalupe, y su fiel, humilde y verdadero mensajero Juan Diego; momento histórico para la evangelización de los pueblos, “La aparición de María al indio Juan Diego –reafirmó el Santo Padre– en la colina del Tepeyac, el año de 1531, tuvo una repercusión decisiva para la evangelización. Este influjo va más allá de los confines de la nación mexicana, alcanzando todo el Continente.” [26]

Después de un largo proceso que ha durado más de veinte años, el 31 de julio de 2002, en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, el Santo Padre Juan Pablo II canonizó a san Juan Diego primer indígena laico del Continente Americano que se elevó a los altares, y fue colocado como un ejemplo de santidad e intercesor para el mundo entero. Juan Diego continua difundiendo al mundo entero este gran Acontecimiento Guadalupano, un gran Mensaje de Paz, de Unidad y de Amor que se sigue transmitiendo también por medio de cada uno de nosotros, convirtiendo nuestra pobre historia humana en una maravillosa Historia de Salvación, ya que en el centro de la Sagrada Imagen, en el centro del Acontecimiento Guadalupano, en el centro del corazón de la Santísima Virgen María de Guadalupe, se encuentra Jesucristo Nuestro Salvador. La santidad de un indio humilde que supo cumplir plenamente su misión, nos inspira, nos ayuda y nos sostiene para tratar de seguir cumpliendo la misión que Dios nos haya encomendado; tratar de seguir incansablemente buscando la santidad; ahí donde Él ha plantado la semilla del amor, es donde debemos florecer y cantar de alegría porque nos ha dado una madre como María, modelo de Santidad perfecta.


[1] “Cuauhtlatoatzin”, nombre indígena de Juan Diego que significa “Águila que habla”. Cfr. Carlos de Sigüenza y Góngora, Piedad Heroica de D. Fernando Cortés, Talleres de la Librería Religiosa, segunda edición de “La Semana Católica”, México 1898, p. 31.

[2] «Testimonio del P. Luis Berrera Tanco», en Informaciones Jurídicas de 1666, Traslado original del 14 de abril de 1666, AHBG, Ramo Historia, f. 158r: “y habiéndose Bautizado [Juan Diego] en el año de mil y quinientos veinte y cuatro, que fue cuando vinieron los religiosos del Señor San Francisco (de cuya feligresía era) es constante haberse Bautizado de cuarenta y ocho años de edad.”

[3] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, traducción del náhuatl al castellano del P. Mario Rojas Sánchez, Ed. Fundación La Peregrinación, México 1998, p. 38.

[4] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, pp. 38-39.

[5] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, p. 48.

[6] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, p. 50.

[7] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, p. 51.

[8] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, p. 52.

[9] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, p. 54.

[10] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, p. 61.

[11] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, p. 64.

[12] Fray Gerónimo de Mendieta, Historia Eclesiástica Indiana, Ed. Porrúa (= Col. Biblioteca Porrúa N° 46), México 1980, p. 429.

[13] Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Nican Motecpana, en Ernesto de la Torre Villar y Ramiro Navarro de Anda, Testimonios Históricos Guadalupanos, Ed. FCE, México 1982, p. 305.

[14] «Testimonio del P. Luis Berrera Tanco», en Informaciones Jurídicas de 1666, ff. 157v-158r

[15] Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Nican Motecpana, p. 305.

[16] «Testimonio de Martín de San Luis», en Informaciones Jurídicas de 1666, ff. 43v-44r.

[17] Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Nican Motecpana, p. 305.

[18] «Testimonio de Gabriel Xuárez», en Informaciones Jurídicas de 1666, ff. 20r-20v.

[19] «Testimonio de Gabriel Xuárez», en Informaciones Jurídicas de 1666, ff. 21v-22r.

[20] «Testimonio de Juana de la Concepción», en Informaciones Jurídicas de 1666, f. 35r.

[21] «Testimonio de Pablo Xuárez», en Informaciones Jurídicas de 1666, f. 40r.

[22] «Testimonio de Martín de San Luis», en Informaciones Jurídicas de 1666, f. 46v.

[23] Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Nican Motecpana, p. 305.

[24] Cayetano de Cabrera y Quintero, Escudo de Armas, Imp. del Real, México 1746, p. 345, No. 682.

[25] AAS , LXXXII (1990), pp. 853-855.

[26] Juan Pablo II, Ecclesia in America, Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 1999, p. 20.