Caminar derecho por el sendero de Dios

Caminar “derecho” en la Ley del Amor

Cango Dr. Eduardo Chávez 
 

Sólo se puede tener un perfecto cumplimiento de la ley si se tiene un profundo amor al ser humano.Es importante poner todo nuestro esfuerzo para vivir en la Ley Divina y, por ende, en una Alianza que Dios ha querido realizar con cada uno de nosotros; es claro que esta Alianza no se da entre iguales, sino que la inmensa misericordia de ese Dios omnipotente se hace cercana a nosotros que somos tan limitados y pecadores.  

Por ello, Moisés advierte a los hebreos que se tiene que cuidar el cumplimiento de esta Ley, pues es un tesoro precioso, ser honestos y fieles a esta alianza pues es la única manera de salir de la esclavitud y poder entrar a la Tierra Santa de la verdad, reino de la luz y de justicia, de la verdad y de la paz.De esta manera, la ley es el cumplimiento de la justa autenticidad religiosa, que llega a lo más íntimo y personal, así como a lo social y comunitario.

En el Acontecimiento Guadalupano se manifiesta esta Ley del amor de Dios esta maravillosa Alianza Divina, como el Papa Benedicto XVI llamó a María: “Arca Viviente de la Alianza”.  A cada paso, en el Nican Mopohua se expresa cómo san Juan Diego cumple fielmente con la voluntad divina, es decir, Juan Diego camina “derecho” y con ello se manifiesta no sólo un aspecto físico, sino también moral y espiritual, pues significa el afrontar el sendero de la vida, la misión que se le ha encomendado, con honestidad y rectitud. Esto lo confirmamos cuando nos asomamos a la sabiduría indígena de aquel entonces, en donde los padres y formadores inculcaban este valor a sus hijos, así los educaban: “Sólo seguirás el camino recto, el que siguen los que son cofres, es decir,  los que son guardianes de lo bueno sobre la tierra, y quienes son respetuosos y acatan a los demás, a los que se les tiene confianza”.[1]  Pero veamos algunos ejemplos.

 Así leemos en los versículos 39 al 40 del Nican Mopohua:

“Luego vino a bajar para poner en obra su encomienda: vino a encontrar la calzada, viene derecho a México. Cuando llegó al interior de la ciudad, luego fue derecho al palacio del obispo...”

Y más adelante, en los versículos 46 al 48, se dice:

“Salió; venía triste porque no se realizó de inmediato su encargo. Luego volvió, al terminar el día, luego de allá vino derecho a la cumbre del cerrillo, y llegó delante de Ella, la Reina del Cielo: allí cabalmente donde la primera vez se le apareció, allí lo estaba esperando.”

Y posteriormente, en el versículo 68:

“Al día siguiente, Domingo, bien todavía en la nochecilla, todo aún estaba oscuro, de allá salió de su casa hacia acá derecho a Tlatelolco, vino a aprender las cosas divinas y a ser contado en lista; luego para ver al gobernante sacerdote.”

Por ello, también es muy significativo cuando, por la angustia y la tristeza, Juan Diego tuerce su camino para no encontrarse con Santa María de Guadalupe, en los versículos 100 al 103 el Nican Mopohua lo narra así:

“…y cuando se acercó al lado del cerrito, al pie del Tepeyácac, terminación de la sierra, donde sale el camino, hacia donde se pone el sol, en donde antes él había salido, dijo: «Si sigo derecho el camino, no vaya a ser que me vea esta Noble Señora y seguro, como antes, me detendrá para que le lleve la señal al sacerdote que gobierna, como me lo mandó. Que primero nos deje nuestra aflicción; que antes yo llame de prisa al sacerdote religioso al que el pobre de mi tío no hace más que aguardarlo». En seguida torció su camino y rodeó al cerro…”

Juan Diego desvía su camino, lo tuerce, y ahora está en una posición que ve al sol por donde se mete, signo de oscuridad, de vacío, de término, de fatalidad, de muerte. Y es ahí en donde la Virgen de Guadalupe lo ataja para corregir el sendero de su vida, con un amor inconmensurable, Ella es quien lo ayuda a llegar a la plenitud de su Hijo. Así Santa María de Guadalupe es quien nos enseña a tomar nuevamente el camino recto, a continuar en el sendero de la Ley del Amor. Como también lo declara el Nican Mopohua: Juan Diego nuevamente retomó el camino verdadero, se fue “derecho” a la casa del obispo, fue alegre, pleno de felicidad, sobre el sendero de la plenitud, con la verdad en el cruce de sus brazos, en el hueco de su tilma. De esta manera, podemos contemplar esta bendita imagen portento de la Ley del Amor que nos da siempre la esperanza de que sí es posible una verdadera conversión como la que en aquellos años se dio y se sigue dando en el mundo entero, una conversión de tanta gente que entiende que todos formamos parte de esta casita sagrada y que todos somos responsables de vivir en la plenitud de la Ley del amor de Dios: Jesucristo nuestro Señor.


[1] Anónimo, Testimonios de la antigua palabra, p. 93.