La perfecta inculturación

Cango. Dr. Eduardo Chávez

virgen_altar El Papa Juan Pablo II declaró: “Y América, que históricamente ha sido y es crisol de pueblos, ha reconocido «en el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac, [...] en Santa María de Guadalupe, [...] un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada»”[1]; y es verdad, Santa María de Guadalupe sabe inculturar el Evangelio, Ella sabe tomar lo bueno y lo positivo de toda tradición, de toda cultura y de toda filosofía religiosa que presentara todo pueblo, quitando toda impureza y error que pudiera tener, y lo conduce a su amado Hijo, Jesucristo; Ella sabe descubrir las “semillas del Verbo”, como las llamaron los padres de la Iglesia y que han sido retomadas por el Concilio Vaticano II;[2] y llevarlas a su plenitud en Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida. En otras palabras, Ella desecha todo lo que pudiera entorpecer y obstaculizar, todo lo que sea mentira y engaño, todo lo que sea idolatría y fanatismo y motiva el desarrollo de las “semillas” que Dios ya ha plantado en el corazón humano para que den fruto en la plenitud del Salvador, del Mesías, del Hijo de Dios. De esta manera, el Evangelio logra ser una experiencia de identidad honesta y verdadera desde lo profundo del corazón del ser humano, una alegría de ir de la mano de nuestra Madre descubriendo a un Dios que es amor y misericordia, y que promete la plenitud en Él.

La Virgen de Guadalupe se hace identidad de vida, que se transmite con el júbilo de descubrirla también a Ella; y es Ella, quien nos lleva a descubrir al verdaderísimo Dios, por quien se vive, logrando que tengamos un verdadero encuentro con Dios. Sin embargo, ha sido Él, quien es el primero en tomar la iniciativa para encontrarse con cada uno de nosotros por medio de su propia Madre. Un encuentro con Dios y con su Madre que se realiza en el espacio y en el tiempo, pero que tiene una repercusión histórica, que todo lo trasciende; así mismo, es un encuentro con el mundo que nos rodea y con los demás seres humanos, nuestros hermanos y, finalmente, es un encuentro con nosotros mismos. Es toda una nueva creación en el amor de Dios.

Y esto es precisamente lo que se requería en México, en aquel frío invierno de diciembre de 1531. Es innegable que en México, en los albores del siglo XVI, se vivía una situación terrible, con el choque de culturas, o como algunos autores también describen: “el encuentro de culturas”; nadie puede negar lo dramático de ese tiempo. La realidad es que fue un momento muy difícil y complejo. Aunque diré que no sólo en ese tiempo se vivía un momento por demás desastroso, hoy en México y en muchas partes del mundo se necesita continuar una profunda renovación con fuerza y decisión. Hoy más que nunca necesitamos un corazón humilde para que Dios pueda encontrase con nosotros, como familia, su familia.


[1] Juan Pablo II, Ecclesia in America, No. 11, p. 20. También en AAS, 85 (1993) p. 826.

[2] Cfr. Decreto «Ad Gentes Divinitus» en el Concilio Vaticano II, Cap. 2, N° 11.