San Juan Diego, varón santísimo

Cango. Dr. Eduardo Chávez

 

juan_diego1 San Juan Diego siempre transmitió su experiencia en el Acontecimiento Guadalupano hasta que murió en el año de 1548 y fue enterrado en la misma ermita que había pedido la Virgen de Guadalupe. San Juan Diego fue constante en su misión de transmitir el mensaje de la Madre de Dios; así mismo, atendió esta “casita sagrada”, llevando una vida contemplativa de profunda oración y penitencias, al mismo tiempo, una vida activa de gran devoción. Como se describe en el Nican Motecpana, documento de finales del siglo XVI y cuyo autor es Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, quien nos presenta detalles importantes de la vida del santo vidente de la Virgen de Guadalupe: “se postraba delante de la Señora del Cielo y la invocaba con fervor –describía Fernando de Alva Ixtlilxóchitl–; frecuentemente se confesaba, comulgaba, ayunaba, hacía penitencia, se disciplinaba, se ceñía cilicio de malla y escondía en la sombra para poder entregarse a solas a la oración y estar invocando a la Señora del Cielo.”[1] O como también lo describía Luis Becerra Tanco: “Tenía Juan Diego largos ratos de oración y contemplación todos los días, en aquel modo que alcanzaba su capacidad, según que sabe Dios instruir a los que le aman, ejercitándose en obras de mortificación, ayunos y disciplinas.”[2] O como decía el indígena Andrés Juan, entrevistado en 1666, cuando contaba con más de ciento diez años: “Que el dicho Juan Diego era un hombre muy quieto y pacífico, buen cristiano y temeroso de Dios y de su conciencia, sin dar nota, ni escándalo de su persona, acudiendo muy de ordinario a la doctrina y divinos oficios a la dicha iglesia de Tlatelulco, sin falta en cosa de lo que tenía obligación, y este testigo en aquel tiempo que ha cerca de cien años lo oyó decir por público y notorio, en este dicho pueblo, que el dicho Juan Diego era un hombre, que siempre andaba solo sin meterse con nadie, yendo a su doctrina, que parecía peregrino por lo poco que trataba y conversaba con los demás; y después de la dicha aparición lo tenían por Varón Santo, y como a tal lo respetaban y lo iban a la dicha ermita, donde tenía una casita pegada a la de ella, para que intercediese con la Virgen Santísima, les diese buenos temporales, y este testigo conoció en pie la dicha casita, donde asistía el dicho Juan Diego.”[3]

Estos significativos documentos coinciden esencialmente con tantos otros documentos históricos, una verdadera convergencia de fuentes históricas que nos manifiestan un hecho real, pero lo trasciende en una verdadera inculturación del Evangelio.


[1] Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Nican Motecpana, p. 305.

[2] Luis Becerra Tanco, «Origen Milagroso del Santuario», en Ernesto de la Torre Villar y Ramiro Navarro de Anda, Testimonios Históricos Guadalupanos, Ed. FCE, México 1982, p. 330.

[3] Andrés Juan, «Testimonio», en Eduardo Chávez, La Virgen de Guadalupe y Juan Diego en las Informaciones Jurídicas de 1666, f. 29r-29v.